Su exposición se centró en la biografía de ciertos alumnos problemáticos a los que el sistema margina, para que los profesores asistentes tomaran conciencia de que entender la relación profesor-alumno como una confrontación, como una lucha en la que el profesor combate contra su alumnado intentando vencer la resistencia de éste a aprender, no soluciona nada. La mala conducta del discente obedece a una lógica, no a una “locura irracional” o a una “maldad intrínseca”. Conocer esa lógica, que se debe en muchos casos a una imposible comunicación debida a los tremendamente diferentes y alejados contextos vitales en los que se mueven alumno y profesor, puede permitir tomar medidas eficaces en la resolución de conflictos. Además, precisamente a esos alumnos a los que el profesor quiere quitar de en medio porque estorban en su clase, son a los que debería prestar más atención. Al alumno de 10 no hay que atenderlo, él sólo tendrá éxito en el sistema, pero el alumno problemático, al excluirlo de la enseñanza, se lo excluye de la sociedad, condenándolo a una vida miserable. ¿Para qué vale el sistema educativo si sólo da de beber a los que ya beben por sí solos y excluye a los que realmente necesitan beber? La realidad del conflicto enmascara un rotundo fracaso de la inclusividad de nuestras escuelas.
La perspectiva del profesor Calderón nos mostró una visión desgarradoramente humana de la realidad vital de muchos alumnos a los que habitualmente despreciamos, a esos alumnos que se pasan la edad escolar subiendo al despacho del director. Ninguno de nosotros volverá a mirarlos de esa manera, hemos entendido que son personas que necesitan nuestra ayuda.